El embalse de Mequinenza, ha salvado al Delta del Ebro

 

El pantano de Mequinenza suelta cientos de millones de litros cada hora para proteger de la sequía a este espacio natural

Imagen de archivo del embalse de Mequinenza (Zaragoza)

Sin el embalse de Mequinenza (Zaragoza), el Delta del Ebro se habría asomado al precipicio de un desastre ecológico por la sequía. Ese gigantesco pantano construido en la zona de la provincia zaragozana más próxima a suelo catalán ha servido para paliar la sequía más dura que ha vivido el tramo final del Ebro en los últimos 30 años.

Sin la regulación de la presa de Mequinenza, el Delta ni de lejos habría podido mantener el caudal ecológico mínimo que la propia legislación ambiental le tiene reconocido y que está fijado en, al menos, 80 metros cúbicos por segundo. Durante este verano, el Ebro a su paso por Tortosa ha llevado sistemáticamente poco más de 80 metros cúbicos por segundo. Es decir, solo muy ligeramente por encima de ese umbral ecológicamente mínimo. Y eso ha sido posible gracias al embalse de Mequinenza, el gigantesco embalse construido en 1966, que se extiende por más de 7.000 hectáreas.

Desde hace semanas, desde el pasado julio, la presa de Mequinenza ha estado soltando cientos de millones de litros de agua cada hora para garantizar que el Ebro llevaba agua suficiente para sostener su valioso Delta. Esos caudales regulados por el embalse de Mequinenza sirven para nutrir el pantano de Ribarroja, situado ya en suelo catalán, que a su vez es la última pieza clave para regular el abastecimiento de agua hasta la desembocadura del Ebro en el Mediterráneo.

En los útlimos 15 días, el embalse de Mequinenza ha soltado casi 120 hectómetros cúbicos de agua. Está en niveles bajos de reservas, pero suficientes para seguir cumpliendo con esa función de regulador de caudales para el tramo final del Ebro.

Esa gran presa lleva semanas soltando agua a un ritmo medio de más de 90.000 litros por segundo, más de 300 millones de litros por hora.

Gracias a ello, el embalse de Ribarroja ha estado suficientemente nutrido, hasta el punto de encontrarse actualmente, pese a la severa sequía, en torno al 97% de su capacidad máxima. Suficiente, en suma, para que Ribarroja se convierta en un eficaz «grifo» para que haya agua suficiente en el Delta como para evitar un desastre medioambiental por falta de caudales.

Pese ha todo, el de este año es un verano especialmente difícil para el Ebro. También para el valioso espacio natural de su desembocadura. Las lluvias de los últimos días han dado un respiro a una situación crítica en muchas partes de la cuenca del Ebro. En el propio Delta, hay que remontarse hasta el año 1995 para encontrar un mes de agosto con menos agua de la que ha tenido en esta ocasión.

El embalse de Mequinenza, y su acción combinada con el pantano de Ribarroja, no solo son una pieza de garantía para sostener un caudal mínimo en el Delta, sino también -para el tramo catalán del Ebro- una barrera de contención cuando se dan episodios de grandes riadas.

Eso sí, las bondades de estos embalses para regular los caudales del Ebro -tanto en episodios de exceso (riadas) como de defecto (sequías)- tienen también un lado menos positivo: también actúan como barreras que impiden que lleguen hasta el Delta los sedimentos y materiales de arrastre que antaño llegaban de forma natural a la desembocadura, y que son igualmente necesarios para la conservación de ese espacio a largo plazo. Es un inconveniente en el que han incidido diversos estudios realizados por expertos a lo largo de los años.

 

PUBLICIDAD

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*